El hombre, inaugurando la modernidad (siglo XVII), se lanzará al mundo para conquistar, para dominar y someter para sí todo ente no humano, toda cosa no racional. El hombre, proclamado por el subjectum cartesiano, se centrará como sujeto del conocimiento, como centro de la historia y del conocimiento. La historia será la historia del hombre, porque se ponderará a sí mismo como fundamento del mundo. Lo que el hombre ve es el mundo que él ha creado a partir de su conciencia racional y conquistadora, por lo que se verá a sí mismo como centro de su totalidad. El sujeto, concebido así como invento de la modernidad, se olvidará de su ser, de su “estado de abierto” a la posibilidades que el mundo le ofrece, para entregarse ahora a la conquista de los objetos, de las cosas. El Sub-Jectum cartesiano reemplazará al Hipokéymon griego, donde el ser estaba abierto a sus posibilidades, iniciándose así el advenimiento de una máquina descontrolada y multifacética: el tecnocapitalismo.
Frente a la conciencia surgirá la razón, proclamada por la Revolución Francesa (1789), convirtiéndose en la centralidad total del hombre. El hacha de la razón parecía dejar sin árboles a una Europa empobrecida y destruida. Porque ese sujeto cartesiano, logocéntrico, fonocéntrico, machista, instrumental, conquistador, iluminista, cargará con todas las culpas de la historia del Occidente capitalista hasta llegar a la máxima: Auschwitz. Será Heidegger quien leyendo a Nietzsche dirá que lo que hemos olvidado es el ser en cuestión. Porque lo que vendrá a hacer el loco de Turín, no será en pos del ser, será en pos del sujeto cartesiano, proclamando que es voluntad de poder. Tendríamos entonces la unidad de la subjetividad de Descartes del sujeto capitalista con la unidad de la voluntad vital de poder del superhombre nietzscheano. Heidegger entonces dirá: nos hemos ocupado de conquistar; de someter los entes para nuestro dominio, pero de lo que nos hemos olvidado es del ser, arrojado al mundo, eyectando en él, creando un monstruo descontrolado y cruel: el tecnocapitalismo.
Somos derivaciones de un monstruo europeo cuyo nacimiento nos lleva a Inglaterra, en su apogeo cultural. Somos lo que hacemos con lo que hicieron con nosotros develará Jean Paul Sartre en uno de sus escritos más brillantes. Lo que percatará luego es que eso que somos nosotros, las periferias, es un producto de su esencia existencial, de su búsqueda de fundamentos. Veremos pues que el ser europeo se ha constituido derramando sangra y conquistando tierras. Somos entonces, meras derivaciones sin independencia propia. De ese se trata pues, de la liberación americana.
